miércoles, 8 de febrero de 2017

Doorman 21: Deus Ex Machina


Amaneció, que no era poco. No obstante, Ramón se despertó un rato más tarde, aunque tardó otro rato más en ubicarse y poner su cerebro en orden. Bueno, en cierto orden. A pesar de no haber transcurrido mucho tiempo, su cuerpo agradeció unas horas de cama después de un día retorcidamente atípico. Para ser un tipo madrugador, salir de la cama pasadas las diez no era baladí.

Las tripas le rugían como mil demonios en un concierto de heavy metal, así que se lavó la cara, echó una meadita y, tras desperezarse por cuarta vez, su olfato le indicó que abajo había cosas. Cosas con las que llenar el buche. A saber con qué viandas le agasajarían en estas tierras sus nuevos amigos captores.

Seguramente no supiera decir qué le sorprendió más cuando bajó las escaleras: encontrarse con un señor mayor, probablemente un lugareño, o que no hubiera rastro alguno de Salomón y compañía. No obstante, por intentar aparentar tranquilidad o normalidad, llegó a la mesa de la cocina, dio los buenos días y se sentó en uno de los taburetes; después, con gran regocijo, dio buena cuenta de las viandas (aquello había que tratarlo de manera tan solemne porque no eran cuatro tristes galletas y un vaso de leche).

- Menudas horas tienen los señoritos de ciudad para levantarse de la cama. Ya amaneció hace bastante, ¿sabe usted? -comenzó el fulano-. Cómo se nota que no han tenido que doblar el espinazo muchas veces para ganarse el pan. Los animales no se cuidan solos, y el campo hay que trabajarlo desde bien temprano.

- Pues mire, por eso vivimos en la ciudad. Por cierto, menuda pinta cojonuda tiene todo esto. Tiene buena mano para esto también, ya lo creo. Una pregunta: ¿dónde está la gente? Ya sabe, Salomón y sus gorilas.

- ¿El señor Morales? En su casa, supongo. Me dejó encargo de ocuparme de usted esta mañana y de acompañarle luego hasta allí. No es que me haga gracia perder el tiempo a lo tonto, pero llevarse bien con él sale rentable y es beneficioso para el pueblo.

- ¿Y no saben a qué se dedica?

- Ni lo sabemos ni nos importa. Rara vez nos molesta durante el día estando allí en su finca y se mueve durante la noche, la mayoría de las veces. Por lo tanto, no hacemos preguntas.

- Bueno, hombre, perder el tiempo... ¿Acaso hace esto a menudo?

- No, pero con mostrarle el camino y decirle hacia dónde tiene que girar en la bifurcación ya bastaría para que fuese usted solo. Sin embargo, me dijo que le acompañase hasta la puerta. Lo mismo es que no se fía de usted o de su capacidad para orientarse. También me comentó que le dijera que el siguiente pueblo está un poco lejos para ir a pie. A esto le añado yo que, cuando pega bien el sol, es un verdadero coñazo tener que hacerlo porque no hay muchas sombras. Hoy estamos a unos buenos veintitrés grados, no le digo más.

- No me veo de caminata, ya casi al mediodía, tras haberme pegado un gran desayuno por el que le estoy muy agradecido: estaba buenísimo todo. No tener ni repajolera idea de dónde estoy ni hacia dónde tendría que ir también ayuda a convencerme, se lo aseguro. Como ve, no teniendo mejor plan, no creo que me haga mucho daño acercarme a hacerle una visita a nuestro amigo común.

Después de recoger un poco y darse una ducha, se pusieron en marcha. Tomando esa dirección sí que había sombras y árboles, y el camino discurría a través de ellos. No habrían pasado quince o veinte minutos cuando llegaron a la puerta de la finca. Un fulano de traje, como mandan los cánones, abrió la verja e invitó a Ramón a pasar. Acto seguido, con un leve gesto, despidió al aldeano, que regresó sin más a sus quehaceres.

- Un traje de puta madre para estar aquí en el campo, al sol. No sabes qué poco te envidio, colega -le dijo a su nuevo y temporal compañero-.

No podía evitarlo, esa lengua sería algún día su perdición. De todas maneras, ya que no veía la manera de escapar del enorme remolino en el que se había transformado su vida, había tomado la arriesgada decisión de surcarlo con humor e ironía. Aún así, como el fulano que lo acompañaba no pareció inmutarse, terminó de recorrer el sendero hasta la casa en silencio.

Otro cosplay de los Blues Brothers le abrió la puerta sin mediar palabra. Dentro le esperaba Salomón, que estaba leyendo el periódico en un amplio salón con una enorme cristalera. Aparentemente, allí no había más gente. Estaban solos.

- Buenos días, muchacho -dijo, levantando la vista del diario y luego dejándolo sobre una mesa-. ¿Has visto? ¿Para qué querías ir al sur de vacaciones si aquí se puede uno relajar y despejar la mente? ¿Y la tranquilidad? ¡Oh, vamos, no me digas que no se está de lujo!

- Eso de la tranquilidad no te lo puedo discutir, la verdad, pero no creas que me gusta tanto la parte de tener que improvisar porque me hayan raptado unos chiflados. Llámame chapado a la antigua, pero prefiero tener mis propios planes, y eso.

- Esta juventud inquieta, que no sabe apreciar los verdaderos placeres de la vida... Apostaría a que ahora mismo estás pensando en por qué no voy al grano y terminamos ya con esto.

- Soy un libro abierto, no tengo secretos para ti, parece.

- Pues bien que los tienes, chaval. Me fastidia reconocerlo, pero lo único que quiero de ti es precisamente lo que no conozco. Ya he puesto a mi gente a trabajar en ello, pero aún no hemos sido capaces de desentrañar el misterio. Estamos analizando tu sangre... ah, no sé si te lo dije, te hemos tomado prestada una poca esta noche. Pues eso, estamos analizándola, a ver si sacamos algo de ahí. Imagino que Pérez no te habrá dicho nada de a qué se puedan deber tus poderes, ni cómo hacer que funcionen no siendo tú. No, supongo que no, eso se lo guardará para él, el muy cabronazo.

- Esto será muy tranquilo y todas las chorradas que quieras, pero tu homólogo se lo montaba mucho mejor en su guarida. El tío tiene caché, no como tú, aquí en un pueblucho perdido en mitad de la nada.

- Hombre, claro, pero es que a mí no me apetecía mostrarte mis cartas, y aprovechando que pretendías hacer una escapadita, pensé que podía pasar aquí unos días, de la que te tocaba un poco las narices. Esta finca es una herencia, y vengo aquí al menos un par de veces al año. Pero no es más que eso. Mi centro de trabajo, por llamarlo así, no está ni cerca de aquí.

- Dentro de poco esto de marearme será deporte nacional, como si lo viera. ¿Tengo que hacer algo? ¿Esto va a durar mucho?

- De momento, esperar. No creo que tarden más de un par de días en traerme los resultados. Quien dice traerme, dice enviarme, claro está. Que aquí hay cobertura y esas modernidades, no te vayas a pensar.

- Ya, claro, no esperaba menos. Oye, pues si no me necesitas para nada más, como que me piro. Supongo que me seguiré quedando en la casa de esta noche. El fulano no es el tío más amable de los alrededores, de eso no me cabe duda, pero la verdad es que tiene buena mano con la cocina. Al menos preparando desayunos.

- Haz lo que te plazca, Ramón, no soy un esclavista. Puedes campar a tus anchas por la zona, pero como ya te diría mi paisano, no te merece la pena echar a caminar muy lejos por tu cuenta. No estamos en medio del desierto, pero tendrías una buena caminata, y seguramente daríamos primero contigo, siendo la recompensa por tal hazaña unos buenos azotes. Así que pórtate bien. Por cierto, el hombre no debe de saber que tengo alguna patrulla armada repartida por estos lares (pura protección, por supuesto), así que te lo comento yo por si necesitas más detalles.

- Si es que no hay duda de que eres un anfitrión cojonudo, Salomoncete. ¡Cómo te lo montas! En fin, como de aquí no voy a sacar nada en claro tampoco, me piro. Tanta milonga y tanta historia para un puñetero pinchazo. ¡Así va el mundo! ¡Estáis todos como regaderas!

En vista de que daba por concluida la charla, Salomón volvió a retomar su lectura de la que Ramón se marchaba. Entendía de sobra la frustración del muchacho, pero estaba claro que se la traía al pairo. En sus negocios había cosas bastante más importantes que las personas, que sólo eran meros instrumentos. La empatía no te aupaba hacia lo más alto.

Tras despedirse de los seguratas como creyó menos oportuno (y también un poco arriesgado) hacerlo, Ramón tomó rumbo al pueblo, volviendo sobre sus pasos de no hacía apenas tiempo. Por su cabeza rondaban ideas de abandono a su mala suerte y dejadez, regadas con pasotismo y pesadumbre. Cosa curiosa, por alguna razón que desconocía se acordaba ahora de su móvil, algo que no había hecho desde hacía la tira. Seguramente no tendría ni batería ya, pero lo que sí era seguro es que tendría trillones de mensajes de no menos conversaciones. ¡De las cosas que se olvida uno cuando está ocupado!

Caminaba atravesando la arboleda tranquilamente, cuando creyó oír un ruido cerca. Se detuvo a escuchar, pero no percibió nada anormal. Continuó el paseo. Ya se acercaba al final del trayecto bajo las sombras cuando volvió a oír algo, esta vez bastante más claro y más cercano. Tanto, que algo, probablemente de donde salía aquel sonido, pudo tirar de su brazo y atraerlo hacia un matorral con violencia.

- ¡Por Dios, si es que además de tonto estás sordo! -rechinó una voz haciendo un gran esfuerzo por no levantarla demasiado.

- ¡Joder, que me arrancas el brazo, pedazo de...! ¡Hostia, puta! ¿Paloma? ¿Pero qué...?

- ¡Baja la voz, cretino, que te van a oír!

- ¿Qué haces tú aquí? -dijo, bajando la voz considerablemente, obedeciendo dócilmente.

- ¿Rescatarte? Si es que más tonto no lo podrían haber encontrado. Sígueme y calla ya la boca.

Acató la petición... en fin, lo que le mandaba, sin protestar demasiado, aunque al arrancar se dio cuenta de que no caminarían erguidos, sino agachados. Tan agachados como era posible antes de que el término más correcto para llamar a aquella posición fuera la de cuerpo a tierra. No era un superviviente de la mili porque a él no le había tocado hacerla, pero placer no era la sensación que le producía desplazarse de aquella manera. No obstante, la basura que corría por sus venas, cortesía del señor Pérez, aún mantenía sus efectos, por lo que le costaba menos esfuerzo del que suponía.

No es que la hierba fuese lo suficientemente alta para ocultarse, pero los elementos geográficos dispuestos por esas llanuras les ayudaban bastante a conseguirlo. Pasados unos minutos recorrieron un buen trecho, lo justo para llegar prácticamente a las primeras casas del pueblo desde otro ángulo.

- Entremos en aquella casa por la ventana.

- ¿No crees que alguien nos oirá si rompemos el cristal?

- La dejé abierta por algo, joder. Te da para poco la cabeza, ¿verdad?

- Serías una ayudante excelente, cuando yo esté a pleno rendimiento.

- ¿Perdona? ¿Ayudante tuya? ¿Acaso prefieres entrar de una patada por la del piso de arriba, que esa sí que está cerrada? Te juro que a veces no sé cómo sigo con esto adelante. ¡Maldito heteropatriarcado!

- Jolín, pues sí que te enfadas por cualquier cosa. Si lo sé no te ofrezco un puesto en mi equipo.

A pesar de que la situación requería el máximo sigilo posible, el ruido seco de la colleja que hizo a Ramón besar el suelo sonó como un disparo que pudo haberse oído desde una distancia considerable, de haber habido alguien fuera de las casas en aquel momento, tal vez en las huertas o en el campo cercano. Tan rápido e inesperado fue el golpe que el dolor llegó unos instantes después, como si no hubiera sido capaz de acudir a la llamada a tiempo.

Aunque no comprendía por qué había sucedido lo que fuera que acabase de suceder, Ramón ahogó un grito y se llevó ambas manos a la cabeza para frotársela, mirando a Paloma con estupefacción. Vio el gesto de desaprobación en su rostro y la neurona hizo un intento de reaccionar, aconsejándole no volver a abrir la boca por el momento y seguir haciéndole caso. Al fin y al cabo, nadie los había descubierto aún y parecía que tenía un plan sólido de escape en marcha.

Entraron por la ventana abierta y esperaron unos instantes, por si hubieran hecho demasiado ruido. Una vez comprobaron que todo iba bien, salieron de la habitación y se dirigieron hacia la puerta principal de la casa, pero antes de llegar, Paloma volvió sobre sus pasos y miró hacia afuera por donde habían entrado. Guiada por su intuición, decidió asomarse y vio cómo uno de los chicos de Salomón recorría el camino que se acercaba al pueblo y que llegaba a la bifurcación, justo antes de la arboleda. No sabía si estaría simplemente de ronda o si ya se habían dado cuenta de que a Ramón no se le veía por ninguna parte, pero calculó que muy pronto descubrirían la desaparición, así que sacó su móvil e hizo una llamada muy corta.

- Puntos uno y dos, listos. Sincronizando. Puntos tres y cuatro, en siete minutos a partir de... ya.

Guardó el móvil y fue hacia la puerta, indicando a Ramón que esperase a su señal. Durante un rato estuvieron ambos callados y alerta. Volvió a mirar el móvil e hizo con la mano el gesto de una cuenta atrás. Finalizada ésta, oyeron el motor de un tractor arrancando, momento en el que ella esbozó una media sonrisa que indicó que los engranajes habían comenzado a girar.

Abrieron la puerta despacio. El camino que pasaba por delante estaba vacío, así que salieron en dirección contraria al ruido, pegados a las paredes y cruzando de casa en casa con suma cautela. Al llegar a la esquina de la quinta casa se llevaron un buen susto, justo antes de avanzar. Habían oído unas voces, pero al asomar las cabezas vieron a dos lugareños que se alejaban de donde estaban ellos, lo que les produjo cierto alivio y les permitió continuar la huida. Ya no les faltaban muchas más para salir de esa parte edificada del pueblo, así que aceleraron el paso, fruto del ansia por salir de allí, y que había ido aumentando con cada metro que recorrían.

No estaban ya cerca de la casa de la que habían salido, pero tampoco lejos. Al menos, no tan lejos como para no oír los gritos de mando de uno de los esbirros de Salomón.

- ¡Por allí! ¡El tractor! ¡Detenedlo! ¡Haced que pare, joder! ¡Se escapa en el remolque!

Se oyeron también dos o tres disparos, que supusieron (o quisieron creer) que serían de advertencia. El señuelo había resultado a la perfección y ahora les iban a poder sacar cierta ventaja que podría ser clave para escapar de allí vivos.

Corrieron campo a través lo que les parecieron horas campo, aprovechando los olivos que crecían en esa zona y que el terreno no era del todo llano. La adrenalina era tal que no se acordaron ni de parar a tomar algo de aire. Cuando lo hicieron, después de haber recorrido ya un buen trecho, a Ramón se le agolparon de repente las ideas en la cabeza.

- Un momento, el fulano gritó que yo me escapaba... ¿No saben que somos dos? Caray, ¿cómo has conseguido llegar y organizar todo esto sin que te vieran o se enterasen? ¿Acaso no decían que había guardias por la zona vigilando?

- O sea, ¿ahora te vas a poner a pensar? ¿En serio? ¡Venga, vamos, en marcha, que estamos a punto de conseguirlo! ¡Corre, hostia!

Sin muchas ganas, pero con la premura de la situación, echaron de nuevo a correr, cansados ya como estaban. No era lo mismo hacerlo en llano y en asfalto que por el campo, pero a pesar de todo intuían que echando el resto durante unos minutos más conseguirían su objetivo.

Cuando ya sentían que se quedaban de nuevo sin aire, y sufriendo severos pinchazos y calambres en las piernas por semejante esfuerzo, Paloma vio lo que llevaba un rato intentando encontrar y alcanzó a articular:

- ¡Allí! ¿Lo ves? ¡Allí está el punto cuatro! ¡Vuelves a ser libre!

Corre, puto imbécil
Alguien debía coger el toro por los cuernos. Dibujo de SandriuX.

4 comentarios:

  1. bieeeen! Paloma ha vuelto! ganas del siguiente para saber qué pasará :o ñam!

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    1. ¡Ya te digo! ¡Hasta yo tengo ganas de saberlo!

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  2. Respuestas
    1. Ja, ja, siempre dejas dos mensajes iguales...
      Y no quedáis igual, ¡ahora volvieron los dibus!
      Eso, y que al fin algo de acción y de Paloma.

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