lunes, 3 de febrero de 2014

Doorman 15: ¿Vendetta?


Tras el pequeño incidente del vestuario femenino con la sargento Torres, del que había salido indemne gracias la buena suerte, Ramón se cuidó de provocarla mucho  porque sabía que, en cuanto pudiera, le iba a dar una paliza que valdría por todas las veces que se había librado. Incluso ese día, al regresar a su habitación, y no teniéndolas todas consigo, se aseguró de que hubiera muy pocas posibilidades (o ninguna) de volver a tropezarse con ella, así que cuando llegó y comprobó que seguía de una pieza, se permitió el lujo de bajar la guardia y descansar.

Al día siguiente, siguiendo el consejo que le susurró el primer día de gimnasio el teniente Ruíz: “no tienes cojones a llegar tarde a otra sesión”, se levantó con tiempo de sobra para llegar puntual, lo cual no quería decir que no hubiera dormido esos cinco minutos más, tras haber sonado el despertador… por tercera vez.
Estaba seguro de que había un campo magnético que impedía que sus pies avanzaran normalmente en dirección a la sala de torturas deportivas porque ni siquiera su natural pereza tenía tanto poder sobre él, pero lo cierto es que llegó con paso lento e inseguro al calabozo de sudar. Y cuál fue su sorpresa cuando vio allí dentro a toda la pandilla de los GI Joe y varios secuaces, dándolo todo sin escupir palabra desde hacía ya un buen rato, por la sudada que tenían todos encima.

Casi todas las máquinas estaban ocupadas por gente que desconocía el significado de las palabras colesterol,  cubata o cachopo, a excepción de la asquerosa cinta de correr, una infernal bicicleta estática y un engañoso banco de abdominales. Lo de engañoso lo pensaba porque, aunque es cierto que el artilugio no era más que una tabla acolchada un poco inclinada, tenía conocimiento de que ahí también se podía uno… cansar. No obstante, al parecer la mejor de las malas opciones que tenía, se decidió por ella.

-          ¿Qué? ¿Hoy no corres un poco, gordo?

Quién había dicho aquella frase era un misterio, porque estaba seguro de que allí todos tenían la misma voz de mala hostia, incluidas las chicas, así que no se dignó siquiera a contestar. Y menos teniendo en cuenta  que, seguramente, la sargento se habría chivado a sus compañeros y, como todos formaban parte de la familia bélica, se protegerían  entre sí de cualquier injuria o ataque, fuese físico o fuese al honor.

Por lo tanto, Ramón se dirigió tranquilamente hasta el banco y en silencio, extendió su toalla sobre él, realizó unos pequeños estiramientos y se puso a la faena, muy poco a poco. Si normalmente aquello no era su pasatiempo favorito, menos lo era con toda esa gente delante, de la que sentía su desaprobadora mirada constantemente.

En esas estaba, tranquilamente, cuando otro fulano más entró en la sala de torturas. Parecía que aquel día había una fiesta allí, o algo. Lo mismo había un concurso de a ver quién sudaba más a lo tonto y no le habían avisado. Pues bien, les dejaría ganar. De todas formas, el último en llegar parecía más bien uno de los científicos, en vez de un sicario de la muerte como aquellos musculados individuos. Uno que, al parecer, no tenía suficiente emoción diaria con el vertido de líquidos de colores en probetas transparentes y necesitaba sentirse parte del servil rebaño.

Como era lo más curioso que había en aquel lugar, aparte de él mismo, entre serie y serie en el banco le prestaba atención, pues sentía empatía con aquel tipo esmirriado que alcanzaba unos niveles de inutilidad que se asemejaban a los suyos propios. En esas, después de un buen rato, notó casi por casualidad cómo los esbirros que lo flanqueaban echaban miradas nerviosas, de reojo, en dirección al teniente Ruiz, que estaba algo más lejos, y que encogía los hombros cada vez que lo hacían.

En esas estaban cuando, de repente, la cinta de correr en la que estaba corriendo a buen ritmo el científico, aceleró sola considerablemente y, cuando parecía que el tipo recuperaba el control y el equilibrio, la máquina se detuvo de golpe, haciendo que el pobre hombre saliera despedido hacia delante y se estampara con los dientes contra los controles, comenzando a sangrar considerablemente. Eso, y que la postura en la que quedó incrustado entre todos los hierros, hacía presagiar, al menos, un par de buenas lesiones.

Varios hombres acudieron veloces a socorrerlo, pero no pudieron evitar que uno de los dientes quedara clavado en la máquina en vez de acompañar, como hasta entonces, al resto de su dentadura, ni tampoco los sollozos de aquel personaje que, sin saberlo, se había visto en medio de una sucia y rastrera vendetta contra Ramón.

Fue ese el momento que aprovechó, durante la confusión, para recoger su toalla y salir del gimnasio, con cierto disimulo, tras confirmar que aquello de tener a tanta gente de aquella clase metida en el mismo lugar no podía traer nada bueno. Eso sí, una vez fuera, echó a correr casi tan rápido como el día anterior, pero en dirección a su habitación. Y la cerró desde dentro con pestillo, justo antes de poner una mesa apoyada contra la puerta.

No fue hasta casi la hora de comer cuando dedujo que no irían a por él de forma tan abierta, por los pasillos o allí dentro, donde estaba todo lleno de cámaras para poder monitorizar todas sus reacciones a los experimentos. Además, el señor Pérez le había llamado para que se reunieran en su despacho para hablar de quién sabe qué.

De todas maneras, pensando durante un rato, reconoció que, a pesar de la soberbia de aquellos descerebrados, él también había hecho bastante para terminar en esa situación. Pero es que no lo podía evitar, le sacaba de quicio la gente prepotente, y si además les ponías mucho músculo y licencia para matar con cualquier tipo de arma, las cosas mejoraban mucho más. No obstante, su meta era no caer en sus trucos ni en sus pullas, así que  decidió portarse un poco mejor y tener más cuidado. A nadie (sensato) le gusta llevarse una paliza.

Poco después de comer, el propio señor Pérez llamó a la habitación por teléfono, indicando que la reunión en su despacho sería al cabo de una hora, así que, para hacer tiempo, se tumbó para dormir un poco la siesta. Como no podía ser de otra manera, cuando se despertó ya era tarde, así que no le quedó más remedio que echar a correr. ¡Qué vida aquella, todo el rato corriendo a todas partes! Él, que era de lo más tranquilo.

Cuando llegó al despacho (que abrió en modo manual), se sorprendió de ver allí a tanta gente. No es que hubiera muchas personas, pero había pensado que sería una reunión privada, un mano a mano. Pero no, contaba cinco o seis batas blancas con la primera visual y al menos uno de sus amigos los Rambos.

-          Muy buenas tardes, Ramón, ¿cómo te va? –Empezó hablando el señor Pérez- Pasa, pasa, siéntate.

-          ¿Serás capaz algún día de llegar a tiempo a alguna parte? ¿Y si fuera algo importante lo que dependiera de que acudieras en un momento exacto? – Ese fue el turno del teniente Ruíz.

-          Esto… disculpen el retraso, pero me dormí.

-          ¿Y ya está despierta y cómoda Su Majestad, o tal vez desea que esperemos un rato más mientras se estira y despereza? – Continuaba el ataque el teniente.

-          Bueno, ya estará bien, digo yo. Tampoco hará falta cebarse tanto. ¿O acaso habéis tenido una sesión doble de películas de Disney en vuestro barracón y te cuesta olvidar los trajes ajustados de los príncipes?

-          No pienso caer en tus juegos, mequetrefe. Basta ya de memeces, siéntate y escucha lo que tienen que decirte. No estamos aquí para contemplarte, así que presta un poco de atención, si es que puedes mantener un rato la boca cerrada.

-          ¡A la orden, jefe!

-          A decir verdad, me divierten mucho estas situaciones, porque sois como el perro y el gato. Parece como si estuviera viendo una película de esas en las que los protagonistas no pueden verse el uno al otro y, al final, hacen un equipo estupendo. Pero bueno, si te parece bien, Ramón, ahora vamos a tratar un par de asuntos y me gustaría que escucharas. – Intervino el señor Pérez.

Una vez que se calmaron los ánimos, que el teniente Ruíz se relajó y que Ramón tomó asiento, los científicos se acercaron hasta una mesa en la que no había reparado cuando entró, en la que había varios maletines, parecidos al que contenía la pistola con la que le habían administrado el suero y las probetas con el mismo. Y el señor Pérez retomó la palabra.

-          Aquí puedes ver varios maletines que contienen lo que necesitarás si decides seguir haciendo uso de tus habilidades de manera menos autodidacta. No me refiero a que este sea el camino rápido y fácil para alcanzar la meta de tus poderes, sino una ayuda química para aumentar tu capacidad de comprensión de los mismos y que, tenemos la teoría, dejarían de hacerte falta en cuanto tu organismo asimile el suero. Lo mismo sucede con tu actual potencia física. Te habrás dado cuenta que aún estás bastante flojo y por eso no aguantaste corriendo ayer delante de la sargento ni cinco pasillos. Sí, no sé por qué pones esa cara de sorpresa, aquí hay cámaras por todas partes, que lo registran absolutamente todo, así que todo eso lo vi más tarde, en cuanto las revisé. Fue divertido, debo admitirlo. Continúo: estos otros maletines de aquí sirven para esa otra mejora que tienes. Funcionan exactamente igual y nuestras teorías son las mismas. Así que, en un tiempo que aún no sabemos estimar, también asimilarás eso. Como puedes ver, hemos invertido mucho tiempo y recursos en ti, así que nos gustaría que nos correspondieras un poco.

-          ¿Un curro a tiempo parcial? ¿Jornada completa? ¿Agente secreto? ¿Escudo humano?

-          No, no, no es nada tan retorcido. Dispondríamos de ti en el caso de que necesitáramos tus habilidades, por ejemplo.

-          ¡Ah, un autónomo del espionaje!

-          Bueno… algo así. Y también te utilizaríamos un poco como posible interés casual de parecidos elementos estratégicos con diferentes puntos de vista y cierta rivalidad.

-          De señuelo.

-          No puedo decirte que no.

-          ¿Y qué posibilidades hay de que alguien intente venir a por mí, quién sabe para qué?

-          Hombre, mientras estés aquí (que si no te lo he mencionado, te adelanto que ya te vas a ir hoy) o mientras te estemos llevando a tu casa (porque estaremos volando), pues no.

-          Entiendo. ¿Y armas, cachivaches, guardaespaldas…? ¿Para protegerme, y eso?

-          No veo necesidad.

-          Ah, pues así bien explicado tampoco parece tan complicado, ¿ve?

-          Correcto, es otro de mis regalos para ti. Tenerte perfectamente informado de lo que necesites.

-          Si me pongo a dar saltitos de alegría, ahí a Aguafiestas Ruíz le parecerá mal, ¿verdad?

-          No te sigo: es todo sarcasmo, ¿verdad?

-          Lo de Cerbero, no.

-          Ah, ya lo pillo. ¡Je, me lo paso pipa, contigo! Una lástima…

-          ¿Perdón?

-          Eh… no, que... en fin, que estando ya recuperado sería una lástima tenerte aquí retenido, cuando ahí fuera tienes a tu gente, tu trabajo, tu vida… y también es donde más servicio nos haces a nosotros.

-          Se da cuenta de que, en realidad, ni me ha contado quiénes son ustedes, ni para quién trabajan, ni quién va a querer contactar conmigo, ni sus intenciones, ni…

-          ¿Nunca has escuchado eso de que “cuanto menos sepas, mejor”?

-          Ya, pero… ¿en películas, cómics, libros…?

-          Pues aquí, lo mismo. Bien, señores, creo que hemos terminado, pueden ustedes volver a sus asuntos en el laboratorio y tú, Ramón, puedes empezar a hacer las maletas, porque regresas a tu realidad. ¿Emocionado?

-          ¿Le he comentado que no tengo ni idea de cómo se van a tomar mi ausencia tanto mis familiares como jefe o mis amigos y que confiaba en que usted hubiera pensado en algo?

-          Nunca te fíes de la gente, Ramón…

-          ¡Joder, qué cruz la mía!

En vista de que, realmente, la reunión había concluido, se levantó y salió del despacho pensativo, dudando entre pegarse un tiro (y no tenía con qué) o tirarse por la ventana (y estaba bajo tierra, y no había). En vista de la escasez de alternativas plausibles, continuó caminando hacia la habitación, maldiciéndose por no haber pensado en el maldito plan B, por si el señor Pérez no hubiera pensado el plan A. Eran muchas personas distintas a las que contarles trolas diferentes. ¿De dónde iba a sacar tanta imaginación? ¿Cómo le explicaría a su jefe en el centro comercial que había estado sin ir a trabajar al menos un par de semanas? Es más, ¿en qué fecha estaban? ¿Qué día era hoy? ¿Y su familia? Por lo general no estaban mucho en contacto, pero: ¿y si alguien había llamado y no le contestaba nadie?

Seguía caminando por aquel enorme zulo lleno de salas, recovecos y gente, mientras le seguían llegando preguntas a la cabeza, sin cesar: ¿dónde estaba su móvil que, por cierto, ya iba siendo hora de cambiarlo? En el hospital lo tenía, pero no había vuelto a saber de él. ¿Qué les cuento a los colegas? ¿A Paloma? Bueno, en el caso de que a ella le importara una mierda que no hubiera aparecido en días por el curro. ¿Se habrían secado y muerto las plantas que tenía en casa? ¿Cuántas actualizaciones se habría perdido de páginas porno en internet?

Cuando llegó a la puerta de la habitación ya le dolía la cabeza de pensar en tantas y tantas cosas a las que tendría que hacer frente a partir del día siguiente. Además, por si fuera poco, ahora había gente de todo tipo pendiente de sus movimientos y cierta responsabilidad con sus poderes y su futura capacidad física amplificada. Necesitaba echar otra cabezadita. Necesitaba olvidarse de aquello durante un buen rato.

Abrió la puerta con pesadez, negando con la cabeza y sintiéndose muy cansado. Ni siquiera encendió la luz, porque le molestaba. Cerró la puerta con desidia, y alcanzó a oír: el ¡Pum! seguido de otro ¡Pum! que le oscureció su mundo y cayó al suelo desplomado.

6 comentarios:

  1. Hay veces que tengo que pellizcarme.
    ¡Qué buenoooooo!
    Y todo este curro es tuyo o tienes un negr- ?

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    1. Sí, un negr- dándome collejas en la cabeza para que escriba más, y más, y más...
      No, me temo que la parte de escribir es sólo cosa mía. Los dibus, de momento, han sido obra de la gran Sara, sobre todo, y de Gema, que también se animó en su momento. No obstante, en breve yo mismo iré aportando alguno también, y cualquiera que pueda o quiera, tiene vía libre para aportar su visión de la manera que quiera, que siempre será bien recibida.

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    2. Pues ¡VIVA el negr-!
      Y que siga poniendote las pilas.
      Nosotros lo disfrutaremos como buenos voyeurs lectores, Tuko.
      Un placer...

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    3. El placer siempre, siempre, siempre, será vuest... mío, mío.

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  2. Zas!!!!!
    Colleja del negr-!!!!!!!
    Que ya está bien de relax....
    ¿para cuando el 16?




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    1. Pues está en camino, la verdad. No recuerdo cómo lo dejé, pero diría que esta semana estará a punto, para colgarlo.

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