martes, 26 de octubre de 2010

Doorman 1: Ha nacido un estrellado. Esto... una estrella.

Para cuando me desperté (perdón, para cuando se despertó), los rayos de sol entraban por las rendijas de la persiana, como Cíclope® (X-Men®, usad el Google®) cuando no se hace el remolón, se estira un poco, y reparte alegría ocular con esa sonrisa de la que no se caracteriza. Aún somnoliento, se levantó (no me levanté, se levantó: ya corregí ese error), y la ropa dispuesta aleatoriamente por el suelo se encargó de hacerle protagonista de un buen video para el YouTube®. Parecía que no, que aun dando tumbos conseguiría alcanzar algún lugar donde sujetarse, pero tras un par de intentos fallidos, hizo un doble mortal sin voltereta y dio con la cabeza en la esquina de la hoja de la puerta (¡qué dolor!), cayendo fulminado como si Coloso® le hubiera dado un sopapo.

Ya no hacen los suelos lisos como antes (¿antes los hacían lisos?), con lo que cualquiera hubiera podido hacer apuestas para ver hacia dónde iba la mayor cantidad de regueros de sangre procedente de una brecha en su frente (luego, casi seguro que no se acordaría de ir al médico para que le dieran unos puntos).
No habrían pasado más de tres cuartos de hora cuando volvió en sí, flipando por ver que estaba tirado en el suelo y con un tremendo golpe en la cocorota. Inconscientemente, trató de ponerse en pie. Aquel no iba a ser su día de suerte, estaba pensando cuando se disponía a ir al baño para ver las secuelas del accidente, momento que escogió el juguetón y travieso destino para sugerirle que aún no había terminado de tatuarle la cara. Esto es, que resbaló en la sangre que aún no había tenido tiempo de coagular y se dio un nuevo y tremendo porrazo, esta vez contra el marco, dibujándole una divertida X sangrante en la frente. Ni que decir que la anterior herida volvió a abrirse, claro, pareciendo aquello una película de Tarantino, si es que en este mundo hipotético existía alguien parecido. Aunque bueno, si no es ese es cualquier otro.

Hasta aquí podría decirse que me encanta cebarme con los personajes que me saco de la minga manga y que soy un poco sádico, pero tengo mi corazoncito (también lleno de sangre por si se me acaba la de estos pobres infelices). Para demostrarlo, tiraré del tópico del Ying y el Yang y de la Sabia Naturaleza, que no permiten el desequilibrio (el mental ya es otra cosa, pero estoy bien, gracias).

Al cabo de un par de horas, se despertó por tercera vez, ya que todo el mundo sabe que a la tercera va la vencida (menos con las mujeres, que a la tercera ya te denuncian por acoso y terminas no pudiendo acercarte a menos de doscientos metros de la irascible chica sin posibilidad de explicar que se trata de un malentendido).

Se sentía raro (como para no), no se explicaba por qué (y más adelante tampoco), pero algo dentro de su ser no paraba de gritarle de qué se trataba. Se giró entre mareos (venga, vale, también vomitó un poco) y se encontró de frente con la puerta. Aquella maldita puerta debía de haber sido su verdugo. Aquella puerta con dos abollones. Aquella puerta que tanto daño le había hecho. Aquella puerta de la que se acordaría durante mucho tiempo. Aquella puerta que… ¡le estaba hablando!

Ciertamente, la cosa no tiene mucho sentido, lo reconozco, pero deberíais de estar todos y todas maravillados (y maravilladas) ante el sorprendente nacimiento de un nuevo Mesías, de un Héroe de proporciones bíblicas, de un Elegido que pronto sabría que su destino estaba ligado a la salvación del mundo, a ser un ídolo de masas, a encabezar un ejército de superhéroes unidos para proteger a la gente normal. Etcétera.

Bien, llegados a este punto, debo reconocer que, si bien sé por dónde continuar, ahora me ha quedado todo el final un poco brusco, enmarañado y extraño, pero necesito poner un poco en orden mis calcetines de colores mis ideas.

Os presento a… ¡DoorMan! (sin ® aún ).

2 comentarios:

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